David Magán / Lectura

David Magán Moreno o cómo caminar hacia atrás. Sobre líneas, aire y ciertos colores.

A la hora de abordar la trayectoria artística que David Magán Moreno ha ido dibujando -aunque quizás sería más correcto hablar de desdibujar y deconstruir, tal y como veremos más adelante-, nos encontramos con dos problemas de diversa índole. Por un lado, y en un sentido general, el obstáculo al que se ve irremediablemente condenado cualquier historiador del arte: la laboriosa tarea de describir, de sistematizar en un entramado lineal, en fin, de hacer accesible, inteligible, la producción artística de una individualidad creadora particular con todo lo que ésta tiene de intraducible en tanto que subjetiva. Por otro lado, la dificultad que entraña analizar cualquiera de las obras que componen la producción del artista al que está dedicado este texto en cuestión: en sus piezas, vidrios invasores del espacio y ladrones de su movimiento sutil y sus tonalidades cromáticas, puede leerse una evolución creativa que se basa en la deconstrucción y la desaparición progresivas de aquellos elementos (el espacio cerrado, la línea y el color) que, en tanto punto de partida, hacen que semejante transformación sea posible.

En consecuencia, cualquier aproximación al universo creativo de David Magán Moreno debe tener en cuenta este carácter dialéctico: sus obras no pueden inscribirse en un análisis lineal puesto que ellas, en la relación que guardan tanto con ellas mismas como con el resto de las piezas que integran la producción de la que forman parte, son una continua negación de sus elementos constitutivos, un diálogo acalorado entre dos bandos bien diferenciados: la densidad del espacio cerrado con los límites y esquinas lineales y la inmensa posibilidad que ofrece el abanico cromático frente a lo etéreo de un espacio que está prácticamente disuelto en un aire donde la presencia de las líneas y de los colores queda reducida a su más pura esencia.

Las primeras piezas que componen su producción muestran una concepción del espacio basada en estructuras cerradas y perfectamente delimitadas. Iceberg (2003), pese al carácter acuoso –y por tanto, maleable y dinámico- que le otorgan las ondulaciones propias de las superficies vítreas, evidencia este deseo tan humano –demasiado humano, como diría Nietzsche- de dejar todos los cabos bien atados: cada cristal tiene su lugar, nunca otro; su convivencia con el resto de las piezas geométricas que integran el conjunto es silenciosa, estática, fría como un paraje de hielo en el que emergen como destellos, a modo de contrapunto musical, cálidos tonos cromáticos. En Sin Título II (2004), pese a encontrarnos con una concepción espacial análoga a la anterior, los cambios anuncian su futuro reinado: los colores, ahora reducidos a sus tres formas básicas, pese a continuar encajados en estructuras estáticas inician un diálogo que se enrosca en altura. Este abandono del silencio en pos del intercambio y el movimiento plural implícitos en cualquier, toda, conversación, indica el descubrimiento de nuevas vías de experimentación y la imposibilidad de volver atrás. El aire, el hueco, el vacío, han comenzado a tomar protagonismo. El arte de la vidriera mira a sus orígenes: recordemos que el gótico anunciaba su inmediato nacimiento en algunas de las estatuas que conformaban las portadas de iglesias románicas tardías y que en su movimiento naturalista rechazaban cualquier vínculo con el espacio arquitectónico del que emergían. Curiosas, conversadoras con sus compañeras, danzantes en sus gestos, estas figuras de piedra se convertían en cómplices del aire con el movimiento que sus contorsionadas espaldas trazaban en su abandono de la opacidad del muro al que habitualmente habían estado ligadas,condenadas. En las esculturas de David Magán se aprecia semejante proceso: paulatinamente, sus estructuras y piezas van cediendo el paso a un hueco que pronto tomará, junto a las líneas y el color, uno de los papeles protagonistas en su producción. Círculos I (2004) y Cubo II (2004) son claros ejemplos del cambio señalado aunque éste se manifieste bajo una disposición formal diferente. Si bien en el primer caso, al tratarse de una pieza concebida para un espacio interior, se reducen los elementos lineales y cromáticos a su mínima expresión; en el segundo, la complejidad que en su desarrollo alcanzan tanto líneas como planos de color responde a las exigencias de una ubicación exterior. No obstante, en ambas piezas, el vacío irrumpe en el conjunto como un elemento compositivo más al marcar direcciones, completar formas e integrar en su baile a la luz, máximo responsable de las diferentes texturas y transparencias que las piezas vítreas van adquiriendo en cada uno de los posibles puntos de vista que ofrecen.

Pero, quizás sea 1/3 de arco de circunferencia (2005) el paradigma de la problemática que el aire alcanza en las obras de David Magán Moreno así como el punto de arranque para un nuevo planteamiento espacial en su producción. Al introducir el cable de acero como nuevo elemento constructivo junto a las estructuras de hierro y emplomados anteriores, el artista da carta blanca al movimiento; si bien antes el aire se movía entre unas piezas estáticas, con 1/3 de arco de circunferencia se permite que el vacío, el viento, muevan en su danza invisible los colores que circundan. El plomo deja de ser parte de la estructura para convertirse en el mero contorno de unas piezas que, ahora sujetas por un cable de acero, poseen una mayor libertad de movimiento en su configuración espacial. Pero, junto a las mayores posibilidades de dinamismo que supone la introducción del cable de acero en la estructuración de las obras, asimismo hay que destacar la importancia que el aspecto de este recién llegado lemento va a jugar en las ulteriores creaciones del artista. Al tratarse de un material de menor grosor que el que ofrecen el hierro o el plomo, su participación en las obras va a pasar a ser también dibujística: las tensiones de las que será responsable trazarán en el aire unas líneas cuya fragilidad y escasa perceptibilidad aproximarán al espectador a la creación en tanto proceso, a la espontaneidad de lo inacabado característica de las maquetas.

Las creaciones que integran la producción última de David Magán centran su atención en este carácter de dibujo que ofrece el cable de acero como material constructivo. Así, Red de triángulos (2005) y Red de dodecaedros (2005) muestran el progresivo protagonismo que este elemento sustentante va adquiriendo en sus obras en detrimento del papel de las formas y los colores que éstas albergan. En ambos casos, aunque principalmente en Red de do-decaedros, las estructuras externas de hierro cortan el paso a unos cables de acero que parecen irradiados de las redes geométricas condensadas en el centro de la composición. Lo opaco materializado en los cristales de colores pasa a un segundo plano frente al poder del blanco; incluso las mismas piezas vítreas aparecen horadadas, mostrando así de un modo aún más obvio la estrecha relación que guardan con la atmósfera circundante. Una atmósfera intangible e infinita de la que sólo somos conscientes gracias al papel desempeñado por esas líneas que en su desplegado atrevimiento cruzan y vulneran su dominio.

El vacío, el aire, lo hueco, lo ligero e invisible para la percepción. Cualquier disciplina que juegue con el espacio acaba dándose irremediablemente de bruces con todos estos aspectos: pensar a plenitud, lo lleno, la opacidad y la gravidez de los materiales con los que delimitamos y encerramos formas implica entender sus contrapartidas. Y puesto que la luz es el elemento necesario para entender un material como el vidrio, David Magán Moreno tuvo que encontrarse necesariamente con la sombra. Obras como Tres planos, tres colores (2005), Punto sobre punto (2005), Red cúbica (2005) y Cuerpo Celeste (2005), logran definitivamente la incorporeidad buscada en las piezas anteriores mediante los reflejos que los vidrios proyectan sobre suelo y paredes. La luz que atraviesa el vidrio encuentra su verdadero lugar, sus múltiples expresiones, desdoblándose de este modo la materialidad de las obras en un contexto paralelo e irreal donde las formas se tornan mágicas, fantasmagóricas. La esencia de la luz, su ser proyectada, constituye la expresión de vacío y oquedad tan buscada por el artista a lo largo de su trayectoria. El infinito paseo que es todo crear artístico llega a uno de sus fines, a una de sus depuraciones: en las líneas, colores y formas convertidas en aire puede David Magán Moreno vanagloriarse de haber salido victorioso del complicado reto que es aprender a caminar hacia atrás.

Constanza Nieto Yusta